Nueva era: las fiestas más raras ganan la noche

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El levante ya no pasa por el “boliche” sino por las apps, entonces, las propuestas nocturnas se reinventan en lugares y consignas más lúdicas.

En el último año y medio, la escena nocturna de Buenos Aires sufrió mutaciones asombrosas. Más viva que nunca, adquirió características que nada tienen que envidiarles a las principales capitales del mundo, y supo tamizarlas a través del filtro propio de la realidad nacional. La necesidad de fantasía en épocas de sobresaltos económicos parece estimular a la “Reina del Plata”, que encontró en su constante inestabilidad, una excusa para dar nacimiento a otra forma de divertirse. Con atributos de la era Web y pensamiento desprejuiciado, para la noche de Buenos Aires, lo que sucede, al parecer, siempre conviene.

El levante, como excusa principal para salir de noche durante las últimas décadas, quedó caduco. Ahora que las apps y las redes sociales nos permiten “evaluar” candidatos a cualquier hora del día, sin los riesgos de las luces y el alcohol, la vida nocturna se vio forzada a reinventarse. ¿Qué puede darnos la noche que no nos ofrezcan nuestros celulares durante el día? La respuesta parece ser “mundos”. La posibilidad de crear universos simbólicos propios, que llevan a quienes los frecuentan a estados anímicos determinados, es una de las principales características de la oferta noctámbula local. Hoy, la convocatoria a las pistas llega a través de propuestas musicales a cargo de DJ curadores, de códigos estéticos propios, del humor y de la proclamación abierta de cierta filosofía de vida.

Insignias fuertes

Las insignias de una fiesta son definitivas para crear una identidad. Estas insignias pueden adoptar todo tipo de manifestaciones, cuánto más audaces, mejor. Pueden ser maestros de ceremonia particulares, como las Drag Queens de la Trabestia, la Whip y la Namunkura, pueden manifestarse a través de un sentido del humor compartido, como en el caso de la Mostra Fest (que celebra personajes bizarros de la escena youtuber) o ser representadas por una melange asombrosa, que incluya poesías, escuadrones de baile y espacios para artistas alternativos, como sucede en la fiesta Jolie. La música siempre es la estrella. Aunque el pop masivo, el hit, arrasa en casi todos lados, la electrocumbia, el reggaetón y los ritmos alternativos cumplen una función definitiva en el éxito de fiestas como Te Re Cumbió y Pachamama Cósmica. Algunas propuestas se dirigen hacia terrenos experimentales en el campo de lo sexual. Si antaño el último piso del hotel Anchorena era el lugar “prohibido” de Buenos Aires, hoy fiestas como “Vicio y perversión”, cuyos invitados acceden únicamente a por invitación directa y código mediante, son la verdadera intriga de quienes se sumergen en la noche.

Ivan Chausovsky, organizador de Te Re Cumbió, dice que es una fiesta para bailar sin prejuicios, para divertirse y disfrutar en grupo. “En lo personal, es como invitar a mi casa. Me gusta ser el anfitrión y atender las necesidades de cada quien, ser atento y agradecido con los que vienen”, agrega. Bárbara es una habitué de estas fiestas: “No hay poses, no hay careteo. Venir a la misma fiesta, por la música, ya nos da algo en común y eso es algo que se siente”.

Nómades e interactivas

La nueva noche tiene dos características heredadas de la Web. La primera es el nomadismo. Cuando una fiesta funciona, suele tener licencia para trasladarse, para cambiar de día y horario, al menos, eventualmente. Durante los últimos cinco años, no ha sido ningún problema para el público porteño seguir a sus celebraciones favoritas por diferentes puntos de la ciudad. Conectados a través de redes sociales, las mudanzas permanentes o momentáneas no suelen generar trastornos de asistencias. Las razones de los cambios de dirección suelen tener que ver con ediciones especiales relacionadas a presentaciones en vivo con artistas admirados en ese universo, o con una razón muy feliz: el crecimiento en la convocatoria.

Las fiestas que logran identificar y comunicar rápidamente sus mundos pueden llegar a duplicar y triplicar sus asistencias en el plazo de tres o cuatro años. Parte del éxito de estos formatos, es la capacidad de interacción y la falta de verticalismo en la organización. Todas las fiestas se comunican con sus asistentes a través de redes sociales y son especialmente permeables a las sugerencias que estos hacen. La mayoría de los organizadores celebra y premia la participación activa de su gente en la escena: se puede pagar mucho menos o entrar directamente gratis si se acatan ciertas consignas, como presentarse “draggeado” en la Trabestia. No es inusual que muchos de los que comienzan siendo meros asistentes, lleguen a convertirse en parte de la crew, es decir, del cuerpo estable. Muchos sueñan con hacer audiciones para ser parte de grandes elencos como el de la fiesta Plop, cuya tropa de artistas permanentes nada tiene que envidiarle a la Avenida Corrientes. Otros simplemente preparan sus talentos para tomar la pista cubiertos de purpurina y caballito de coreos propias. Esta dinámica convierte a los nuevos espacios en tierra de experimentación artística o al menos, de desenfado.

Post gay

La escena gay, que tanta curiosidad supo producirle al mundo heterosexual durante los noventa, ya no se encuentra tan claramente delimitada. Una vez más, gracias a este desplazamiento del “levante” hacia las redes, poco importa que los concurrentes a una fiesta no se correspondan en elecciones sexuales mientras compartan afinidades. La noche de Buenos Aires, especialmente en la zona centro palermitana de la ciudad, se volvió definitivamente diversa. Hoy las fiestas LGTB que funcionan bien suelen recibir muy pronto parejas y grupos de amigas heterosexuales (no es tan frecuente que los hombres hetero participen de las movidas). Cuando esto sucede, pasan a pertenecer a una categoría “post gay”, eufemismo que se utiliza para decir que a la hora de divertirse, la identidad sexual ya no importa. Es mucho más usual que una fiesta gay se convierta en post gay, que el caso contrario.

Bolsillo friendly

Especialmente durante el último año, parte de la supervivencia nocturna estuvo enfocada en los precios de las entradas. Muchas fiestas volvieron a ser gratuitas o arrancaron diseñadas de ese modo. En un número considerable, la recaudación depende únicamente de la barra. Algunas arman combos a medida de las posibilidades de los asistentes, es el caso de la recién llegada fiesta popera Turbo, que ofrece dos opciones: entrada gratuita sin consumición o un precio de 250 pesos con acceso a barra libre. Como en aquellas épocas post 2001, actualmente es perfectamente posible gastar únicamente en viáticos para ir a una fiesta y hacer la previa antes, con alcohol a precio de supermercado.

Rodrigo Rotpando es el organizador de Turbo y considera que son fiestas “posidentitarias”. “Hacemos eje en la acción del baile y en lo liberador de esa acción y no tanto en quiénes vienen. Tomamos elementos de la fiestas de voguing y los ballroomspero argentinizados”, explica. Para Juan, que suele ir a cada una de las Turbo, hay factores que las hacen únicas: “Cuidan la música, cuidan el sonido y pasan temas increíbles sin caer en lo que suena en todos lados. Podes bailar como querés y nadie te mira.” Las Turbo son todos los viernes en Rivadavia 1910 (facebook.com/FiestasTurbo)

Filosofía pop up

Una de las características que adquirió la noche porteña durante estos últimos meses es la imprevisibilidad. Las fiestas pop up son aquellas que se caracterizan por surgir inesperadamente. A diferencia de lo que sucede en la noche europea, donde fueron inventadas, en la Argentina no se trata de eventos planificados con antelación pero revelados a último momento, sino de eventos realmente planificados de una semana para otra. Estas reuniones proclaman el encanto de ser únicas e irrepetibles, lo cual es cierto ya que se realizan una sola vez. El fenómeno popup, por estos lados, está relacionado con la desocupación de locales o cierres de espacios laborales como plantas y galpones, que aparecen inmediatamente disponibles para alquileres baratos y eventuales. De hecho, muchos nuevos bares, como La Calle o Cadillach, partieron de estas inesperadas oportunidades. Con un carácter especialmente lúdico, las fiestaspopup adquieren nombres insólitos y precipitan un lineup de artistas dispuestos a improvisar puestas con lo que haya disponible, que suele ser poco. En la misma línea, la disponibilidad de inmuebles grandes crean lugares para nuevos espacios culturales, algunos realmente novedosos, como La Cultura del Barrio, en Villa Crespo y el inminente Feliza, en Almagro. Estas apariciones prometen trascender la noche y ocupar lugares estratégicos para la nueva escena artística, en esta ciudad que nunca duerme, ni para de mutar.

Fuente: La Nación.

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